La infertilidad es una de esas palabras que pesa. No solo habla del cuerpo, habla de los sueños. De lo que imaginamos, de lo que nos prometimos y hasta de lo que nunca dijimos en voz alta.
Para muchas parejas el camino hacia la maternidad o paternidad se vuelve un viaje lleno de preguntas, silencios y emociones que chocan entre sí. Y aunque nadie lo diga, este proceso puede cambiar la manera en la que dos personas se miran, se hablan y se sostienen.
Cuando el embarazo no llega se vive un duelo… pero uno silencioso. No hay despedidas, no hay rituales, no hay flores; sin embargo, duele como si algo hubiera muerto:
la expectativa, la idea de familia, el momento que nunca llega.
Ambos miembros pueden sentir culpa, frustración, miedo al futuro, enojo,e incluso vergüenza al compartirlo con otros. Es un duelo que a veces la sociedad minimiza, pero que internamente se vive con enorme intensidad.
La infertilidad no solo impacta en lo emocional, también en la
dinámica de la relación.
De pronto la intimidad se llena de calendarios, intentos programados y citas médicas.
La espontaneidad desaparece, y con ella, a veces,
la conexión emocional.
Es frecuente que aparezcan discusiones por estrés, reproches silenciosos, aislamiento,o la sensación de
“cada quien está viviendo su propia batalla”.
Aunque ambos sufren, la vivencia no siempre es igual.
Las presiones culturales, los comentarios y las expectativas sociales suelen caer con más fuerza sobre una de las partes.
Esta asimetría emocional puede generar resentimiento o distancia si no se habla de ello.
Reconocer esto “sin culpas” es fundamental.
La infertilidad puede quebrar… pero también puede unir. No por casualidad, sino por diálogo, empatía y contención mutua.
Ayuda mucho:
- Hablar con honestidad emocional
- Mantener espacios sin mencionar el tema
- Poner límites a terceros
- Buscar apoyo profesional
- Abrirse a diferentes posibilidades para formar familia
“La resiliencia no es soportar el dolor, sino convertirlo en fuerza.”
— Boris Cyrulnik
Nadie está preparado para atravesar este camino.
Pero muchas parejas descubren que, cuando se permiten ser vulnerables y presentes, la relación puede fortalecerse incluso en medio del dolor.
Amar no es solo acompañar lo que llega.
A veces amar es sostener lo que aún no se concreta.